—¡Por Dios! Solo te soporto, porque podré manejar ese hermoso auto, si no te dejaba tirada en la calle —dicho esto no sé cómo le hizo, pero me acomoda en el asiento del copiloto, me pone el cinturón de seguridad apretándolo como si fuese una cría, así como el seguro para que no pudiese bajar de mi propio auto.
Comienzo por pelear con el cinturón en un intento por quitármelo, pero antes de que eso suceda, él abre la puerta de su lado y sube lanzándome una mirada llena de reproche.
—Quieres hacer