El sol de Gales no se atrevió a salir de forma gris aquella mañana; parecía que hasta el astro rey había recibido el memorándum de Lucía sobre el uso obligatorio de colores cítricos en la corte. El Castillo de Gales, una mole de piedra que había sobrevivido a asedios normandos y banquetes de jabalí, estaba sufriendo su transformación más radical. Las armaduras de la entrada ya no sostenían lanzas, sino móviles de cuna hechos con plumas de gallinas diplomáticas que giraban al ritmo del viento.
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