—No puedo creer que te asustes así, Ben.
Su risa chispeante y sus ojos rojos de llorar por el frío o por tanto reírse de mí me cautivan aún más. Verla moverse en el hielo es una verdadera delicia a la vista, se mueve elegante y sin temor, como si el hielo fuera parte de ella, mientras yo parezco un pingüino no queriendo soltar a su pequeño huevo de entre las patas.
Somos tal para cual ¿No lo notas?...
Pues… sí y eso me aterra…
—Deja de reírte de mí, pequeña mimada.
—Ven acá, señor pesadilla.
M