Oriana aún sentía el pulso de energía vibrando en su cuerpo cuando la oficina volvió a la normalidad. Gabriel la sostenía con firmeza, observándola con una mezcla de preocupación e intensidad.
—Esto no es solo un amuleto… —repitió ella en voz baja, aferrándose al collar que colgaba de su cuello.
Gabriel la ayudó a incorporarse y, con un suspiro, la guió hacia el sofá de la oficina. La mirada oscura de él recorrió el pequeño objeto con detenimiento.
—No me gusta esto —dijo él con seriedad. —Si