Gabriel no apartaba la mirada de ella. La mujer que había irrumpido en la oficina con una oferta aparentemente irresistible no era solo una inversionista más; su sola presencia alteraba el equilibrio de la habitación. Oriana sentía un escalofrío recorrerle la espalda mientras la observaba con cautela. No podía evitar notar cómo sus ojos se desviaban levemente hacia su cuello, donde el collar brillaba débilmente.
—¿Qué dices, Gabriel? —La voz de ella era suave, casi hipnótica. —¿Hacemos negocios