El aire era denso, cargado de electricidad. Oriana sintió el viento helado azotar su piel mientras la niebla se arremolinaba a su alrededor. No sabía dónde estaba, pero el miedo en su pecho le decía que no era un sueño común.
Frente a ella, una escena se desplegó como una visión arrancada de otro tiempo.
Gabriel, vestido con ropas antiguas, estaba de pie en una habitación humilde. Sus ojos ardían con determinación mientras empuñaba una espada, su postura rígida pero temblorosa.
—No dejaré que s