Gabriel permaneció sentado tras su escritorio, con los ojos oscuros fijos en la puerta por la que Oriana acababa de salir. La tensión en la habitación parecía haberse disipado con su partida, pero solo de forma superficial. En su interior, las preguntas seguían ardiendo: lo que había presenciado momentos antes, cuando Oriana casi inconscientemente parecía controlar su entorno, era un recordatorio inquietante de un pasado del que él no podía desprenderse.
Sin embargo, no era únicamente el hecho