Al terminar el beso, Gracia se acurrucó contra su pecho como si ese fuera su lugar natural, como si siempre hubiera pertenecido ahí, y Gerald la rodeó con sus brazos de inmediato, apretándola con cuidado, como si aún temiera que desapareciera si la soltaba.
—¿Cuándo llegaste? —murmuró ella, aún con la respiración entrecortada.
—Ahora… —respondió con una sonrisa suave—, me acabo de teletransportar.
Gracia alzó una ceja, mirándolo con reproche.
—Hablo en serio, Gerald.
—Hace treinta minutos… —con