En una bodega fría y oscura, el aire olía a metal y humedad, Miguel colgaba de los pies, suspendido, balanceándose levemente con cada movimiento, su cuerpo ya no tenía fuerza, su respiración era irregular, y aun así sus ojos seguían abiertos, llenos de terror, frente a él, Gerald lanzaba dardos con precisión calculada, mientras en su abdomen había un pequeño blanco dibujado, improvisado, grotesco, que se había convertido en el objetivo perfecto para aquel juego retorcido que compartía con Fabia