El portazo retumbó por todo el piso ejecutivo.
Secretarias, asistentes e incluso algunos ejecutivos levantaron la mirada sobresaltados.
Gissela estaba parada frente a su oficina respirando rápido, con los ojos oscuros de rabia pura.
—Maldito idiota… sigue metiéndose donde no lo llaman.
La puerta del ascensor volvió a abrirse y Gustavo apareció con una carpeta en la mano. Apenas vio la cara de su hermana, suspiró resignado.
—¿Qué pasó ahora?
Gissela se giró hacia él señalando la oficina vecina.