La moto rugió como una bestia en plena cacería mientras Miguel aceleraba hasta alcanzar la camioneta, colocándose a un costado con una precisión escalofriante, al mismo tiempo que William intentaba maniobrar desesperadamente para perderlo entre la carretera oscura.
Pero no había escape, y Miguel sonrió con frialdad, completamente calculador.
Sacó un pequeño dispositivo de su chaqueta y, en un movimiento limpio, lo lanzó directo a la puerta trasera de la camioneta; el aparato comenzó a parpadear