—Bueno, princesa… llegamos —suspiró Fabiano, deteniendo el auto con suavidad frente a la reja—. Vamos, déjame cargarte.
Victoria lo miró de reojo.
—Puedo caminar.
—Buuu… —hizo un puchero exagerado—. Yo quería cargarte.
—Quizás mañana.
Fabiano giró el rostro de golpe, mirándola con una sonrisa que se le escapó sin permiso.
—¿Mañana?
Victoria asintió apenas.
—Me gustaría que saliéramos mañana… eres un buen guía.
El brillo en los ojos de Fabiano fue inmediato.
—¡Excelente! Si soy el guía más guapo