En el orfanato, los niños estaban felices. Aranza había regresado al fin y, aunque todavía debía permanecer acostada gran parte del tiempo, aquello no parecía importarles. Desde que llegó, la habían tratado como una verdadera princesa. Le llevaban dibujos, lápices de colores, cuentos, juguetes, pinturas, dulces y hasta pequeños tesoros que guardaban en secreto para regalárselos. Algunos le contaban historias, otros le leían libros y los más pequeños simplemente se sentaban junto a ella para hac