Ismael estaba en la clínica intentando incorporarse de la cama. El dolor en el costado lo hizo fruncir el ceño inmediatamente. La herida todavía tiraba cada vez que se movía y el médico había sido bastante claro respecto a que debía guardar reposo, pero quedarse quieto nunca había sido una de sus virtudes.
Apoyó una mano sobre la cama y logró sentarse. Justo cuando se disponía a levantarse, la puerta de la habitación se abrió.
Levantó la mirada y ahí estaba ella.
Gisella permanecía de pie junto