Las cuarenta y ocho horas terminaron a la medianoche del miércoles, y Daniel seguía sin haber firmado.
Aria tampoco esperaba que lo hiciera, la verdad. La esperanza era un músculo que había dejado de ejercitar alrededor del segundo año de matrimonio, cuando todavía ponía la mesa para dos y veía cómo su cena se enfriaba bajo la lámpara, y cuando aún se detenía ante la puerta del estudio, ensayando frases para iniciar una conversación, antes de irse sin respuesta.
Así que cuando el reloj pasó de