El sonido de un correteo en el segundo piso era solo un recordatorio de que mi hijo estaba animado en su habitación. Ese golpeteo de pasos me hacía sonreír sin querer, como si en cada pisada se escondiera un pedacito de su risa. Esa mañana lo levanté diciéndole que no iría a trabajar y, por el contrario, pasaríamos un día con alguien especial. Su entusiasmo era tan palpable que incluso me sentía contagiada por él, como si mis propias venas se llenaran de su alegría. Mi madre, quien estaba tomand