Nos quedamos mirando el agua el tiempo suficiente para que cualquier sentimiento de miedo y duda se disipara. El vaivén de las olas y la brisa marina nos envolvían en una calma casi hipnótica, como si el mundo se redujera a ese instante.
—Laurent —dijo finalmente, rompiendo el silencio—, ¿me contaste esto porque temías que Oliver me dijera algo?
—Sí… no quería que viniera de su boca —me acurruqué ligeramente en sus brazos, buscando la certeza de su abrazo—. No quiero perderte.
Mi voz salió como