39. Es un regalo
Mis tacones resonaban sobre el mármol del restaurante. Elegante. Costoso. Se había alquilado en su totalidad. Llegué, no porque quisiera humillarla, sino para que supiera que no tenía miedo. Me dirigí a la única mesa ocupada. Ella levantó el rostro, mostrando una sonrisa cruel.
Victoria.
Me senté, crucé los brazos y sostuve su mirada, una que no aceptaría pataletas. Victoria pareció entender mi mensaje silencioso y frunció el ceño, una mueca que le desfiguró el rostro.
—Habla. Tienes cinco minu