37. Trato
Un silencio que competía con un sepulcro.
Ni los relojes se atrevían a seguir marcando el tiempo en esa oficina. Era como si el aire también se hubiera rendido, congelado entre nosotros.
Y ahí estaba él. El patriarca. Esos ojos, tan endurecidos como diamantes de guerra, no esperaban réplica.
Solo sumisión. Rendición. Silencio.
—¿Abuelo, quieres quitarme el puesto? —La voz de Brian cortó el aire como un bisturí. No tembló, no vaciló, no reculó. Estaba tan firme como un ancla—. Bien. Hazlo. ¿A qu