Las puertas de hierro de la finca Wolfe Blackwood chirriaron al cerrarse detrás de nosotros, un sonido parecido al de una celda de prisión que se bloquea en su sitio. El norte del estado de Nueva York era un mundo aparte: frío, silencioso y de una intimidad asfixiante. La mansión se erigía como un centinela gótico frente a la irregular línea de árboles, a kilómetros de distancia de las miradas indiscretas de los paparazzi.
—Estás temblando —dijo Ethan. No me había mirado desde que salimos de la