53. En un laberinto sin salida
Priscila se queda muda, con los ojos perdidos en su hermano. No había creído que de entre todas las personas que escucharían fuese Juan Pablo quien las miraría con un fruncido de cejas, esperando con su característico enojo que arrebata el habla. Josefina también pierde algo de concentración con su hijo. Moriría si éste hombre se entera de quien están hablando. De quien hablaban en realidad.
—¿De que niña están hablando o tengo que preguntar otra vez? —Juan Pablo arremete.
—No hablamos de cosas