La mansión Valdivia brillaba con ostentación. Los candelabros, las escaleras de mármol, los vestidos de gala. Pero entre todo ese lujo, Elena se sentía ajena. Caminaba con lentitud, como si cada paso le pesara más que el anterior. Su madre la saludó con un abrazo fingido.
— Me alegra que hayas venido, hija.
— No sé por qué lo hice, teniendo en cuenta que nunca vengo — responde, con su copa de champan —. ¿Y padre? Desde que llegué aún no lo he visto.
— Por apariencias, claro. Como todos. — La vo