Linda corrió a buscar a David.
El hombre estaba inmóvil, sus ojos apagados, su rostro demacrado por el sufrimiento.
Ella lo encontró atado, sin fuerzas, pero al ver su estado, el instinto de madre la hizo actuar.
Corrió hacia él, sus manos temblorosas, desatando las cuerdas que lo mantenían prisionero.
David levantó la mirada hacia ella, y sus manos, visiblemente rojas y doloridas, temblaron al tocar su rostro.
Era evidente que había estado mucho tiempo en esa condición, y las huellas del maltra