Una profecía

Maximiliano levantó la mano para acariciar el rostro de Sienna, quien permanecía paralizada ante su confesión.

—No quiero perderte de nuevo… estoy cansado de quedarme solo —susurró, con un tono cargado de amargura.

Los ojos de Sienna se inundaron de lágrimas que amenazaban con desbordarse. Esas palabras fueron dolorosas; ver a Maximiliano con esa mirada, cargada de rabia y un dolor tan profundo, hizo que su propio corazón se encogiera.

Antes de que cualquiera pudiera decir algo más, llegó Axel
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