Circe parpadeó, sorprendida por el tono cortante de su hermana. Una mueca de desagrado cruzó su rostro por una fracción de segundos antes de forzar una sonrisa cargada de falsa sumisión.
—Vaya, perdón... Reina Luna —soltó Circe con un deje de ironía, cruzándose de brazos—No creí que te hubieras vuelto tan estricta con los títulos.
Santiago, que observaba la escena en silencio, frunció el ceño. La tensión entre las gemelas era tan evidente.
—Sienna tiene razón, Circe —dijo él, hablando con calma