Maximiliano apretó los puños al escuchar a la albina. Dirigió la mirada hacia Axel y Lucas; ambos estaban confundidos, pues no entendían de qué hablaba aquella mujer.
—Por favor, no tengo a dónde ir… —dijo ella con la voz quebrada—. Saben que escapé, piensan que yo tengo la llama... Por favor, ayúdame. Eliza me mandó contigo, dijo que tú podrías ayudarme…
Maximiliano cerró los ojos y negó con la cabeza. No creerle sería una tontería de su parte; acababa de mencionar a la madre de las Nytharas,