Mundo ficciónIniciar sesiónSienna abrió los ojos bruscamente. Miró a los lados percatándose de que seguía en el lago, pero la diferencia era que ya estaba amaneciendo. Sintió algo pesado sobre su cintura, bajó la mirada para darse cuenta de que era un brazo, siguió el camino hasta encontrarse con el desconocido, y fue donde todo lo que sucedió anoche llegó a su mente de golpe.
Se cubrió la boca ahogando un grito por lo que había hecho. Sigilosamente apartó el brazo de él de su cuerpo y empezó a buscar sus ropas, pero al encontrarlas se dio cuenta de que estaban destrozadas y no servían para cubrirla.
Soltó una maldición en su mente y se quedó viendo fijamente la camisa negra de él, tirada sobre una roca; no dudó en tomarla y ponérsela. Se levantó con cuidado, pero sus piernas flaquearon y cayó al suelo de nuevo.
—Carajo —soltó, sintiendo un fuerte dolor en sus caderas y también en su sexo.
Apretó los dientes para no hacer ruido y se impulsó hacia arriba de nuevo, apoyándose en el tronco del árbol. El dolor entre las piernas era agudo. Pero tenía que largarse de ahí antes de que el tipo despertara.
Una vez que se marchó, el hombre abrió los ojos y suspiró. Se sentó en el suelo y miró por donde se había marchado aquella chica.
—Lobita mala —susurró con su ronca voz mientras se levantaba. Solo llevaba puestos sus jeans.
Dos hombres llegaron justo en ese momento del otro extremo del lago. Cruzaron los brazos y miraron cómo el hombre de ojos amarillos recogía la ropa destrozada de aquella chica. Después, él dio un salto limpio hasta quedar plantado frente a ellos.
—Apestas a sexo —dijo uno de ellos, de cabellos chocolate al igual que sus ojos.
El hombre soltó un bufido divertido ante su comentario y miró las ropas que tenía en su mano. No se molestó en negar lo evidente; el aroma de esa lobita seguía impregnado en él.
—Prepara todo —dijo, mirando al castaño de ojos avellana que se mantenía serio.
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Sienna entró a su recámara por el balcón. Se aseguró de que no hubiera nadie y después entró con calma. Se tiró a la cama y suspiró con pesadez; todo estaba dando vueltas en su mente.
La traición de Circe, su hermana con Karl, su prometido... Estaba tan furiosa, pero a la vez también confundida por la noche que pasó con ese desconocido. El sexo con él había sido tan intenso, tan brusco y, sobre todo, placentero; no podía pegarse mentiras a sí misma. Le había encantado.
Se levantó de golpe de la cama; no podía permitir que nadie se enterara de lo sucedido con ese desconocido. Y justo ahora tenía que arreglar el asunto de su ceremonia con Karl, pues no pensaba unirse a un miserable que se atrevió a traicionarla con su hermana.
Caminó hasta el baño y se quitó la camisa una vez que cerró la puerta. La miró y suspiró; todo lo de anoche seguía en su mente. Ese enorme miembro que la penetró sin piedad. Aún podía sentirlo en su coño adolorido y mojado.
Se acercó al espejo para ver que tenía el cabello totalmente revuelto y su cuerpo estaba lleno de marcas hechas por ese hombre, pero hubo una que llamó su atención por completo: una que estaba en su cuello, del lado izquierdo.
—No… —susurró tapándose la boca. La mordida era enorme y roja, pero era evidente de qué se trataba—. Ese maldito perro me marcó.
Sienna casi cae al suelo de la impresión, pero logró mantenerse de pie. No podía creer que había sido marcada por un desconocido.
Caminó hasta la regadera y dejó que el agua cayera sobre ella; todo seguía dando vueltas en su mente. Recordaba cada embestida salvaje que él le daba, pero la mordida había pasado desapercibida para ella en ese momento; sin duda la intensidad de su celo la había cegado por completo.
—Maldito imbécil... —susurró con la voz entrecortada, sintiendo cómo el agua caliente golpeaba la piel herida de su cuello.
Después de la ducha, Sienna se vistió, usando una blusa de cuello alto asegurándose de ocultar aquella marca, nadie podía verla, nadie debía saber que llevaba una marca de apareamiento de un desconocido con el que tuvo una noche de sexo intenso en el lago.
La puerta se abrió lentamente y entró Circe. Sienna frunció el ceño, recordando lo que había visto ayer antes de ir al lago.
— Sienna, tenemos que hablar — Susurro Circe, dando un paso lento.
Sienna suspiró y negó. No había nada de que hablar, la traición de su hermana no podía simplemente perdonarla.
— No tengo tiempo, tengo que hablar con Santiago — Dijo Sienna con firmeza.
Camino hasta ella y trato de pasar para salir de la recamara, pero Circe la tomó del brazo.
— ¿Qué le dirás? — Preguntó Circe asustada de lo que Sienna tuviera que decirle a su tío.
— La verdad — Soltó Sienna — Que mi ceremonia se cancela, y que te follaste a mi prometido.
Sienna se soltó del agarre con brusquedad. Circe se paralizo por unos segundos, suficientes para que Sienna saliera de la recamara en búsqueda de Santiago.
— ¡Circe! — Grito Asteria en su mente, haciéndola reaccionar.
— Espera, Sienna — susurro Circe reaccionando y saliendo detrás de Sienna para detenerla.
Sienna bajo con rapidez las escaleras, sabía que a esas horas Santiago se encontraba en su estudio, así que simplemente iría ahí para decirle la verdad. Pero en su camino se encontró con Karl, quien la agarró del brazo bruscamente.
— Tenemos que hablar — Soltó Karl.
Sienna frunció el ceño, trato de soltarse del agarre de Karl, pero él apretó con más fuerza, justo en ese momento llegó Circe.
— Hermana, por favor — Dijo Circe con voz temblorosa — Perdóname, no quise…yo…entre en celo.
Sienna la miró y soltó una risa amarga.
— ¿Y se te hizo fácil follarte a mi prometido? — Preguntó ella con rabia contenida.
— Basta, Sienna — Siseo Karl — Fue un error. Olvídalo.
Sienna frunció el ceño y miró a Karl.
— Te follaste a mi hermana, no lo olvidare — Contesto Sienna, empujo a Karl con fuerza logrando zafarse de su agarre.
Sienna continúo su camino hacia el estudio de Santiago, no se detendría, no pensaba unir su vida a un ser tan miserable como Karl y mucho permitiría que se convirtiera en el alfa de la manada Rosal.
Circe miró a Karl con rabia.
— ¿Un error? — Preguntó ella.
Karl puso los ojos en blanco y suspiró.
— Tu misma lo dijiste, entraste en celo — Dijo Karl con frialdad — Simplemente quería follarte y ya lo hice.
Karl no dejo que ella respondiera, se dio la vuelta y fue detrás de Sienna, debía detenerla antes de que le dijera algo a Santiago, esa noche era su ceremonia y había escuchado el rumor que el Rey Lycan ya había llegado.
Al verla entrar al estudio sin siquiera tocar, no dudo en seguirla y entrar detrás de ella, la sujetó con fuerza del brazo y la obligo a girarse hacia él.
—Detente —ordenó usando su aura de alfa contra ella.
Sienna lo miró con el ceño fruncido. Sentía el alfa de Karl rodearla, pero extrañamente no le hizo ni el más mínimo efecto.
—¿Qué les pasa a ustedes? —la voz de Santiago se escuchó—. Estoy ocupado, ¿no ven?
Sienna y Karl dirigieron su mirada hacia Santiago, pero la de Sienna se desvió rápidamente hacia el hombre que estaba en una de las sillas frente al escritorio de Santiago, dándoles la espalda a ellos dos.
El hombre se levantó. Su simple presencia imponía, incluso Santiago se veía inferior a su lado. Se giró para darles la cara a los recién llegados.
Sienna tragó saliva y sintió la piel helada. Era él. Era el hombre desconocido del lago con el que había tenido una intensa noche de sexo.
— Disculpe — Dijo Santiago — Sienna, Karl, él es el Rey Lycan de Alania.
El hombre desconocido fijo su mirada en ella. Una sonrisa ladeada se dibujo en sus labios al ver la sorpresa con la que ella lo miraba, la recorrió con lentitud de pies a cabeza, sin embargo, su mirada se oscureció y la sonrisa desapareció por completo al llegar a su cuello cubierto.
Ella estaba ocultando la marca que él le había dejado.
Un gruñido ronco salió de su boca, su lycan tan furioso como él. La pequeña loba se atrevía a ocultar su marca, una marca que demostraba al mundo entero que le pertenecía solo a él.







