Maximiliano miraba a Sienna terminar de arreglarse. No quería salir de la recámara; quería tenerla más tiempo debajo de él, gimiendo su nombre, pero el deber llamaba.
Ella se giró y le sonrió. Se acercó a paso lento y colocó sus manos alrededor de su cuello.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, con las mejillas levemente sonrojadas.
—Creo que no fueron suficientes estos días a solas —dijo él.
Sienna rio, sintiendo cómo él rodeaba su cintura con sus brazos firmes, apegándola a su cuerpo. Maximiliano se i