El paquete llegó puntual a la oficina de Caleb.
Dentro, encontraron lo prometido: documentación impecable de cuentas bancarias en paraísos fiscales, con saldos que hacían que hasta a Caleb le faltara el aire.
Los nombres de los «terceros» interesados eran una mezcla de antiguos socios de su padre que creía muertos o retirados, y dos empresas fantasma vinculadas a holdings rusos de dudosa reputación.
No eran los Rossi ni nadie de sus guerras recientes. Era el viejo mundo, el de las alianzas g