Un mes después de la mudanza, la nueva rutina se había establecido.
La casa se sentía como un hogar. Los cuadros colgaban de las paredes, los libros llenaban las estanterías, y el jardín empezaba a florecer bajo el cuidado de un jardinero que no era un guardia encubierto, sino un jubilado amable del pueblo cercano.
Una mañana de domingo, Emily despertó con el sol filtrándose por las persianas.
Caleb ya estaba despierto, observándola, su perfil recortado contra la luz.
—Buenos días, esposa —di