La casa no estaba vacía. Estaba embrujada.
Y el fantasma tenía nombre, cuerpo y ojos grises.
Habían pasado tres días desde la noche del coche. Tres días desde el beso dorado y la mirada muerta en el pasillo.
Kieran no se había ido. Seguía viviendo en la mansión. Comía en la misma mesa. Entrenaba en el mismo gimnasio. Pero ya no estaba ahí.
Se había convertido en una ausencia con forma de hombre.
Si entraba en una habitación donde yo estaba, no se iba corriendo. Simplemente... me ignoraba. No co