La casa no estaba vacía. Estaba embrujada.
Y el fantasma tenía nombre, cuerpo y ojos grises.
Habían pasado tres días desde la noche del coche. Tres días desde el beso dorado y la mirada muerta en el pasillo.
Kieran no se había ido. Seguía viviendo en la mansión. Comía en la misma mesa. Entrenaba en el mismo gimnasio. Pero ya no estaba ahí.
Se había convertido en una ausencia con forma de hombre.
Si entraba en una habitación donde yo estaba, no se iba corriendo. Simplemente... me ignoraba. No con el desdén calculado de antes, sino con una indiferencia absoluta, biológica. Como si yo fuera una silla. O una mancha de humedad en la pared.
Era insoportable.
Estaba sentada en el solárium, con un libro en el regazo que no había abierto en una hora. La luz de la tarde entraba pálida y fría a través de los cristales.
Escuché pasos.
Pesados. Rítmicos.
Kieran.
Entró en el solárium. Llevaba ropa de calle, una chaqueta de cuero negra sobre una camiseta gris. Iba a salir.
Pasó por delante de mi sil