DAFNE
Oscuridad. Otra vez.
Pero esta vez no me asustaba.
Me dio la bienvenida.
Podía sentirla respirar contra mi piel, susurrando cosas que no quería oír. Mi cuerpo flotaba en un vacío que olía a humo y ceniza. Cadenas de luz carmesí se enroscaban en mis muñecas, latiendo al ritmo de mi corazón.
—¿Atenea? —llamé en voz baja, mi voz haciendo eco en la nada.
Ninguna respuesta. Solo silencio.
Entonces, una voz — dulce, venenosa, familiar.
—Deberías estar agradecida, Dafne. La Luna R