JORDÁN
En el momento en que el vínculo gritó, supe que algo había salido terriblemente mal.
No era solo dolor — era vacío.
Como si alguien me hubiera arrancado la parte del alma que aún recordaba lo que se sentía la luz.
Caí de rodillas, las garras clavándose en la tierra, el pecho agitándose. La voz de Teo se desdibujó detrás de mí — distante, frenética — pero lo único que podía oír era el silencio de Dafne. Su aroma. Su latido. Desaparecido.
—¡Alfa! —la voz de Teo rompió el zumbido en mis