DAFNE
Silencio.
Eso fue lo primero que noté cuando abrí los ojos — no el crepitar del fuego, ni el dolor que me partía las costillas, ni siquiera el olor a hojas quemadas. Solo silencio.
De ese tipo que te hace preguntarte si el mundo ha terminado.
Estaba tendida en el suelo, rodeada de ceniza. El claro había desaparecido, reemplazado por tierra calcinada y humo. Todo mi cuerpo dolía; mi piel brillaba tenuemente con una luz plateada que latía desde la marca en mi pecho. La marca de Atenea.
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