JORDÁN
El aire estaba mal.
Incluso antes de abrir los ojos, pude saborearlo: pesado, metálico, cargado, como el instante antes de que caiga un rayo. Mis pulmones ardían, como si hubiera tragado fuego. El mundo ya no estaba en silencio; latía con algo salvaje, inestable, vivo.
El aroma de Dafne llenaba el viento — tenue, pero impregnado de un poder tan fuerte que me atravesaba los huesos. Avancé tambaleándome, mitad humano, mitad lobo, con cada músculo temblando por la fuerza del vínculo.
La en