DAFNE
Cuando abrí los ojos, esperaba ver estrellas.
En cambio, vi un cielo hecho de cenizas.
El aire brillaba tenuemente con una neblina plateada. Los árboles se alzaban como huesos rotos, sus hojas resplandeciendo débilmente bajo una luz que no provenía ni del sol ni de la luna. Mi aliento salía en bocanadas blancas, el frío mordiéndome la piel, aunque no soplaba viento alguno.
—¿Dónde… estoy? —mi voz se quebró.
Atenea guardaba silencio. El lazo entre nosotras —débil, frágil— palpitaba con su