Dafne
El aire alrededor de la casa de la manada se sentía… extraño.
Más pesado. Más silencioso. Como si la misma noche contuviera el aliento.
Durante los últimos días, me había estado despertando con susurros —voces bajas y afiladas que se detenían en cuanto salía al pasillo. Rostros que antes me sonreían ahora se apartaban. Las sirvientas ya no me miraban a los ojos. Algunas incluso temblaban al pasar junto a mí.
No necesitaba que Atenea me dijera que algo iba mal. Podía sentirlo.
Nos e