JORDÁN
Estaba ocupado en la oficina con algunos de los informes de la manada cuando escuché alborotos desde la entrada. Reconocí la voz de Doña Dorotea y, por supuesto, la de Teodoro.
Doña Dorotea irrumpió en la oficina con los ojos hinchados. Era evidente que había estado llorando sin parar.
—¡Malcriado, cómo pudiste! —gritó, ajustándose las gafas.
Suspiré profundamente y levanté la vista para mirarla, tratando de parecer fuerte.
—Doña Dorotea, ¿qué está pasando?
—¿Qué está pasando? —me imitó