JORDÁN
Sus ojos se abrieron con asombro e incredulidad. Probablemente no podía creer que la hubiera llamado, no para tener s·xo, sino para que cantara para mí.
—¿Cantar? ¿Quieres que te cante, Alfa? —repitió, y yo la miré fijamente, sin expresión alguna en el rostro.
Apartando la mirada, fingí molestia y rugí:
—¿No quieres cantar para tu Alfa? ¿Prefieres que te folle en lugar de cantar para mí? —intenté sonar tan frío y temible como siempre.
Ella negó con la cabeza, presa del pánico.