Orión
No dejo de caminar hasta que el frío afuera del palacio me muerde los pulmones.
Aun así, no es suficiente para ahogar la tormenta que ruge en mi interior. Me tiemblan las manos, tengo la mandíbula tan apretada que me duele, y al cerrar los ojos solo veo las manos ensangrentadas de Elara y el terror en su voz cuando me di la vuelta.
Me odio por haberla dejado así. El sonido de su llamada al pronunciar mi nombre aún resuena en mi cabeza, agudo y acusador. Pero si me hubiera detenido, si me