—Elara… —dijo con suavidad, como si fuéramos viejos amigos y no hubiera aparecido sin invitación en mi territorio—. Qué gusto verte.
Apreté los puños y me costó mucho no reaccionar.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, cortando la distancia entre nosotros.
Su sonrisa se ensanchó ligeramente. —Eso es frío, pero aun así, te responderé… Vine a verte, querida.
No dejé que sus palabras suaves me afectaran. —Eso no responde a mi pregunta.
Una risita suave y divertida escapó de sus labios. —¡Ah! Bueno, ya sé