Clavé mi mano en su pecho, sintiendo cómo sus costillas cedían con calor, y luego la saqué con tanta fuerza que su cuerpo se estremeció.
Una vez. Dos veces. Y entonces su cuerpo quedó inmóvil, el extraño gorgoteo que emitía se desvaneció en silencio.
Me quedé allí un momento, respirando con dificultad, con su corazón aún en mi mano.
Entonces me di cuenta de la realidad. Todo lo que había hecho, como matar a ese hombre.
La repulsión y el asco me subieron a la garganta y arrojé su corazón a un la