Nicolás la invitó a sentarse sobre el mantel.
Helena miró la comida con curiosidad. Sobre el mantel había un par de sándwiches de jamón y queso, empanadas aún tibias que desprendían un aroma tentador, y una botella de vino que destacaba como bebida principal.
La combinación era sencilla, pero tenía algo acogedor, casi íntimo. No era un banquete, pero sí una invitación a compartir. Y en ese gesto, Helena percibió más que sabores: una intención, una pausa en medio del caos, un momento que pro