Nicole cayó al suelo con un golpe seco y la tierra húmeda se pegó a su ropa. Bruno la había alcanzado. Por un instante, el mundo pareció cerrarse sobre ella.
Tenía la visión borrosa por las lágrimas, el corazón desbocado, y las manos arañadas por ramas y piedras. Estaba asustada.
—¿De verdad pensaste que podías huir de mí? —escupió sobre ella, con una sonrisa torcida.
Nicole no podía moverse, sin embargo, no se apagaba esa necesidad de seguir luchando.
—¡Suéltame!
—¡No dejaré que te escapes de mí! —gritó, con la mandíbula apretada—. No sabes todo lo que tuve que hacer y esperar para tenerte entre mis brazos. ¡Serás mía, Nicole! ¡Nadie podrá evitarlo!
Nicole se removió debajo de él como un gusano. El cuerpo de Bruno era pesado y le impedía escapar.
—¡Ya basta, Bruno! ¡No quiero estar contigo!
—No me importa lo que tú quieras.
—¡No dejaré que hagas lo que quieras conmigo! ¡Me das asco, Bruno! Prefiero morir antes que estar contigo… —soltó, con la rabia entre los dientes—.