Habían pasado varios días desde que le rompieron el corazón a Emma. El dolor seguía ahí, persistente, como una punzada sorda en el pecho.
Esa noche, decidió ir al restaurante que solía visitar con su madre. Pero esta vez fue sola.
El lugar estaba vacío. Emma se sentó en su rincón habitual, el que compartía con su madre, y pidió lo de siempre.
Era prácticamente la última clienta.
—Imbécil, imbécil, imbécil —murmuró—. Noah no sabe lo mucho que me dañó. Todavía no logro olvidar su estúpido rostro. ¡Oiga, mesero!
Llamó al hombre que limpiaba una mesa. Era ayudante de cocina, pero se acercó de inmediato para atenderla.
—¿Necesita algo? ¿Ya terminó de comer? —preguntó, con firmeza—. Le recuerdo que cerramos a las doce en punto. Falta media hora para el cierre, así que si gusta, puedo traerle la cuenta.
Emma lo escaneó de pies a cabeza. Cabello azul metálico con un lado rapado, ojos color café y una sonrisa forzada que gritaba: ya vete, quiero irme a casa.
No necesitaba palabras