Habían pasado varios días desde que le rompieron el corazón a Emma. El dolor seguía ahí, persistente, como una punzada sorda en el pecho.
Esa noche, decidió ir al restaurante que solía visitar con su madre. Pero esta vez fue sola.
El lugar estaba vacío. Emma se sentó en su rincón habitual, el que compartía con su madre, y pidió lo de siempre.
Era prácticamente la última clienta.
—Imbécil, imbécil, imbécil —murmuró—. Noah no sabe lo mucho que me dañó. Todavía no logro olvidar su estúpido