Isabela se tragó el nudo que se formó en su garganta. ¿Cómo se le decía eso a alguien como Noah? ¿Cómo poner en palabras que su madre, la misma que debía protegerla, la golpeaba desde que tenía memoria?
El silencio pesaba más que cualquier grito.
Y aunque Noah estaba ahí, dispuesto a salvarla, ella sentía que esa verdad podría cambiarlo todo.
—Confía en mí, por favor —Noah tomó sus manos con las cejas hundidas—. Prometo ayudarte, sea lo que sea. No te voy a juzgar.
Ella lo miró, aunque el rostro de su amigo se veía un poco borroso porque dependía de los lentes.
—Es complicado, Noah —resopló—. Soy una adulta y no lo parezco, ¿no crees? Permito que me hagan bullying y dejo que mi madre me pegue… —rio con nervios, soltando lo que le pesaba en el pecho—. Quiero terminar la carrera y poder ejercer mi profesión como tal.
Noah abrió los ojos.
—¿Tu madre? ¿Ella es la que te dejó el rostro así? —preguntó.
Noah acarició con delicadeza la mejilla de Isabela. Ella soltó un suave quejido,