Haru entró a la habitación de Noah con timidez, las manos entrelazadas al frente y las mejillas rojas como el tomate.
Noah, que estaba concentrado en su ensayo, detuvo el tecleo y alzó la vista con calma. Una ceja se arqueó con curiosidad y molestia al ver a ese tipo.
—¿Te dijeron que durmieras conmigo? —preguntó, soltando un suspiro cansado.
—Sí… —respondió Haru, más calmado—. Prometo no molestarte.
La confesión que le hizo a Nicole no salía de su cabeza. Le daba vueltas una y otra vez. Estaba avergonzado, un poco arrepentido, tal vez, y también… feliz.
Por primera vez había dicho lo que sentía.
—Tu simple presencia lo hace —se quejó Noah. A Haru se le borró la sonrisa—. Pero no dejaré que duermas con mi hermana, así que tendré que aguantarte.
Haru tomó asiento en un mueble pequeño, con las manos sobre las rodillas. Desde ahí, observó en silencio cómo Noah escribía en su escritorio.
—¿A quién odias más? ¿A Bruno o a mí? —preguntó, curioso por saber.
Noah apretó el lápiz con