Haru no respondía las llamadas ni los mensajes. Nicole había esperado, dudado, incluso escrito y borrado más de una vez.
Así que, sin pensarlo demasiado, tomó su bolso, bajó las escaleras y se subió al primer taxi que pasó. Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, Nicole bajó con el corazón en la garganta.
Tocó la puerta.
—¿Nicole? —dijo Maikol, sorprendido, con una taza de café en la mano—. ¿Qué haces aquí sola?
Nicole tragó saliva.
—Necesito hablar con Haru. ¿Está?
—Sí, claro —respo