A Helena le costaba caminar por la enorme panza. La madrugada la encontró despierta, con el corazón acelerado y las manos temblorosas. Las contracciones eran fuertes, más intensas que antes. Supo que sus mellizos nacerían pronto y no era una falsa alarma.
Se incorporó con dificultad, apoyándose en el borde de la cama. El cuarto estaba en penumbra, y movió a Nicolás, que dormía profundamente a su lado.
—Nicolás, despierta… —murmuró, mordiéndose el labio.
Él se giró, confundido, aún entre sueñ