A Helena le costaba caminar por la enorme panza. La madrugada la encontró despierta, con el corazón acelerado y las manos temblorosas. Las contracciones eran fuertes, más intensas que antes. Supo que sus mellizos nacerían pronto y no era una falsa alarma.
Se incorporó con dificultad, apoyándose en el borde de la cama. El cuarto estaba en penumbra, y movió a Nicolás, que dormía profundamente a su lado.
—Nicolás, despierta… —murmuró, mordiéndose el labio.
Él se giró, confundido, aún entre sueños.
Pero al verla y notar la expresión en su rostro, se incorporó de golpe. Sabía que Helena daría a luz en cualquier momento, fue lo primero que se le vino a la mente.
—¡¿Ya es hora?! —preguntó, exaltado.
Ella arrugó la expresión debido al dolor, no pudo responderle al instante. Nicolás la miraba con asombro y nerviosismo.
—¡Ya es hora! —gritó, aguantando su panza por los dolores frecuentes—. N-no puedo moverme. Necesito ir al hospital ya mismo. ¡Me duele mucho, Nicolás!
Justo en ese mome