Helena y Karen tocaron la puerta con suavidad, sus siluetas eran redondas por el embarazo, recortadas contra la luz del mediodía. La brisa movía sus cabellos de un lado a otro.
La puerta se abrió lentamente. Kaito apareció, con el rostro sereno y los ojos atentos. Las recibió con un abrazo.
—Adelante, chicas. Maikol me avisó que vendrían hoy —habló.
Kaito dio un paso atrás, dejando espacio para que entraran.
—¡Vinimos a conocer a tu hijo! —exclamó Karen, con un brillo en los ojos—. Espero no